Voy a leer

Para sacarte voy a leer.
Leer a Cortázar, a Wilde, a Camus, a Riso, a Brande.
Para expulsarte quiero leer.
Y quiero estar en un espacio de llamados “artistas”, alrededor de 40 personas cuyos rostros no veo. A excepción de la chica al lado mío, que parece lesbiana y toma cerveza.
Entonces me doy cuenta que muchos a mi alrededor parecieran tener una preferencia sexual distinta a la mía.
Para echarte me voy a cansar.
Quedaré exhausta, y camino a casa no voy ni a pensar.
Y, después de una semana, ¿Recordar? ¿Quién eres, en primer lugar?

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Preciso

Nuestros ojos son marrón oscuro.

El color de nuestra piel casi idéntica.

Con rasgos sutiles en común, y otros bien marcados.

Tus genes, mis genes, nuestros genes.

Te amo, papá. Papi, papá, papi.

Amo parecerme a ti, amo entender cómo eres y por qué lo eres justo en la mitad de mis pensamientos.

Me gusta tu sencillez, tu tranquilidad, tu sensatez, tu proyección al mundo.

Me gustan los años que tienes y las ideas que se te ocurren.

Y me gustó que me cargaras el bolso de vez en cuando, al salir de la escuela, y corrieras conmigo al portón por la mañana antes de que cerrara. Me gustó que te ofrecieras a llevarme a lugares, y a inscribirme a cursos y a darles “un aventón” a mis amistades.

Y ahora, ahora me gusta mucho más el solo hecho de sentir que formo parte de ti y tú formas parte de mí. Y Gracias.

En paralelo

Déjame preguntarte por qué no prefieres el cabello largo, y sí corto

Si te da igual o te gusta tener la cara roja

También, por qué no me miras directamente a los ojos

Y por qué mantienes las uñas de las manos tan cortas

Déjame preguntarte por qué no hablar conmigo, que soy una extraña y a la vez te doy cierta sensación de paz

Y si de verdad es que actúas o es que te lo crees que no necesitas nada más

Déjame preguntarte si te has dado cuenta que tienes el corazón roto

Por eso eres tan frío a veces, selectivo con lo que compartes siempre.

¿Será bueno que me respondas?

Bueno para mí, digo.

Que vivo todo color rojo.

Aún así, ¿Por qué no sacarte la máscara, si yo sé que te transmito una sensación de que no va a pasar nada?

Naturalmente

Caramelos de menta azul, jirafa en miniatura, iniciales y un corazón, objetos rojos que se supone no se deben llevar, una sonrisa, un rostro, una llamada, unas lágrimas, son cosas que jamás se mencionarán, jamás se recordarán, jamás significaran algo ya, jamás tendrán lugar a algo. Es extraño. Sí, tú también eres un extraño. Y las fotos existentes, son unas que fácilmente se pueden borrar. La distancia, la brecha física, no tiene ningún valor, ni uno. Y si, por alguna razón, alguna vez te pienso, será por un reflejo, un instinto muy primitivo que aún no hemos podido evolucionar.

Cuando se llega a Buenos Aires I

Cuando se llega a Buenos Aires, se llega a un hostel. La adrenalina corre pero estás cansada, así que terminas durmiéndote en un cuarto, medio raro, nada cálido, con chicas extrañas.

Se conoce a un pelirrojo, que también es nuevo en la ciudad pero no en el país. Es agradable desde el principio, y no deja de mirarte. Se sale a lugares, con el cielo azul otoño, nos acostamos en el pasto verde, nos tomamos fotos, se las envío al chico número uno.

Cuando se llega a Argentina, también se conoce a un tipo estadounidense de 30 y algo de años, bastante diferente, y no se sabe si es en el buen sentido. Pero, llevada por el ímpetu de ir en contra de la corriente, de no discriminar lo que generalmente discrimina la gente, te juntas con él. Bienvenido. Vas a calles hollywoodenses y a la primera feria de libro. Siguiente paso: Enviarle fotos al chico número uno. También se le intenta enseñar español, y se trata de llevarla bien con él. Hasta que se vuelve medio acosador, paranoico, un bravucón.

Cuando se llega a Buenos Aires, también uno se encuentra con un peruano, alto, en un “barrio” relativamente lejano, donde no hay tanta arquitectura europea y gente “cheta”. Se está a la expectativa. Tour por el departamento, amante del sushi y… ¿un perro? ¿O eran dos? Te recibe con algún programa argentino muy famoso que jamás habías visto, es gracioso; él, mientras, cocina. Hay comida, demasiada comida. Así que naturalmente no puedo más. Se va a su habitación, una cama de dos, un par de cosas más y un televisor. “Relatos salvajes”: La película. Y todo bien, y tranquilo, aún es de día. Él es muy respetuoso y agradable, ¿Pero habrá otra salida?

Cuando se llega a Buenos Aires, está presente esta chica en la habitación -y otras más, claro está-, que parece que aún anda batallando con una leve depresión, pero siempre con rasgos de narcisista. Y todo iba bien… De hecho, ¿Podría ella convertirse en mi amiga? Hasta que ya no tienes “notebook”. Una mala decisión haberla dejado ahí, con esta chica que no hacía más que ir y venir. Y ahora… la discusión.

Cuando se llega a Buenos Aires, quedas en encontrarte con un chico de rulos negros y piel pálida, y de estatura muy alta. Vas con alguien sin avisarle con anticipación, es que no pasa nada. No pasa nada… ¿O sí? Se pone histérico. Y aunque usa anteojos, se le ve todo a través de los ojos. “Te cocino, nos relajamos, te enseño a bailar”. Ah, a esto le tiene una palabra acá: “Chamuyar”.

Pero, aún más importante, cuando se llega a Buenos Aires, justo en el día dos te encuentras con un chico de ojos castaños claros, muy vivos, muy llamativos, que te mira intensamente, que no deja de hablar de la ciudad, ni dar rápidos pasos, que tiene el cabello largo. Pero antes que eso, lo primero que se hace es recibirlo con un abrazo. ¿Nos conocíamos ya?… Los rulos le saltan al andar. Cuando se llega a Buenos Aires, se monta en el metro por primera vez, alguien te lleva en bici -bastante bien- por primera vez, se conoce la ciudad por primera vez, y se está fascinada tan solo al ver a alguien a los ojos, como sucede rara vez.

Fracción

De alguna manera, no encuentro motivación, me siento paralizada. Un segundo, es momentáneamente. Estoy llena de incomodidad, vergüenza, miedo y desánimo. Prefiero quedarme dentro de cuatros paredes y un techo tan alto, antes que salir y enfrentar el frío, la incertidumbre, la gente. Me da cierta vergüenza admitir que no quiero trabajar, quiero vivir ligeramente, libremente, y que el trabajo para el dinero no represente alguna preocupación. Me encanta leer, pero me distraigo, termino por dormirme, es tarde, mi cuerpo no me acompaña. Me encanta mirar a las personas, por separado, pero son demasiadas, pasan rápido, y a veces me cargo, me pesan. O son mis propios pensamientos especulativos sobre ellos los que verdaderamente me pesan. Me veo y no sé cómo actuar, qué hacer, cómo encontrar ánimos para hacer. Quisiera hacer cualquier cosa, pero no logro encontrar qué. Es frustrante. Es temporal. Tengo miedo de las consecuencias pero no sé cómo parar, o más bien dicho, cómo empezar.

Jamás ocurrieron

Tú te lo perdiste. No es que realmente lo hubieses querido en primer lugar, aún así, te lo perdiste. Ambos sabemos que en algún momento del principio lo quisiste todo, ambos sabemos que en algún momento del final quisiste destruirlo todo también. Tú te lo perdiste… ya lo sabemos: una compañera, una amante, alguien muy bueno para ti, para los dos -sí, soy yo-. Y yo me lo perdí, no deliberadamente, por supuesto. Aunque… seamos sinceros, eso no importa más ahora, estamos muy lejos de donde comenzamos. Sí, fue una pena el desenlace final, por supuesto que sí, no lo puedes negar. Y yo no me puedo formar ninguna opinión sobre ti, no se me da ni siquiera conjeturar. Todas las cosas -muy pequeñas- que pensé que harías después de todo este tiempo, jamás ocurrieron.

Que me cuides, me protejas, me cocines, me preguntes, tus extremidades se extiendan hacia mi dirección, me acaricies las manos, el cabello, me llames como me llamas, me mires detenidamente, me beses, hagas planes conmigo, me escuches, que me envuelvas con tus brazos, me tomes de la manos, nos riamos, estemos tranquilos viendo algo interesante o divertido, manejemos bici, hablemos -Y todas las cosas que podemos hacer y haremos, porque delante de nosotros se extienden un montón de posibilidades y cosas fascinantes que nos faltan por experimentar-. Te quiero, te quiero, y te quiero conmigo. No quiero que nos separemos, ni un poco, el solo pensamiento de hacerlo no es nada atractivo. 

Ami

Perdonar no es de tontos, es de listos, de hecho.

Mucho menos es de débiles, cobardes ni inconstantes. Todo lo contrario.

Y puesto que es una decisión el solo empezar a hacerlo, incluso antes de sentirlo, quiero decirte que te perdono y te perdono, y te perdono.

Eres lindo y siempre fuiste lindo. Y te perdono.

Con esto no quiero decir que quiero saber de ti, ni que me hables, ni que yo te hable.

Te perdono porque me acuerdo de que eres humano y cometes errores, y estás acá en esta tierra o vida igual que yo y no nos la sabemos todas. Y a veces hacemos cosas malas intencionalmente, y a veces simplemente se nos escapa.

Te perdono porque no me provoca recordar con dolor y pesar y rencor; e independientemente de tus creencias, formas de ver las cosas o estima propia, la verdad es que no somos tan diferentes.

Te perdono porque detrás de tus ojos y de tus intenciones también se encuentra un niño tratando de ser feliz y ver qué carrizo es lo que hacemos aquí.

Te perdono y, con esto, no justifico absolutamente nada ni trato de tapar lo que hiciste o no hiciste; tampoco pretendo aparentar que soy superior a ti ni nada por el estilo. Tú y yo somos iguales. Tú y yo somos. Existir, ser.

Ningún título sería preciso

Si quiero llorar, voy a llorar.

Encontrarme sentada en un autobús, saliendo del autobús y llorar si siento la necesidad de hacerlo.

Llorar porque fuiste todo lo que quise, llorar porque él era todo lo que sentía que tenía y caigo en cuenta de que no es tan sano tenerlo en mi vida, llorar porque no hay nadie que cuide de mi, nadie cercano, no está mi mamá. No, no quiero que digas nada, mamá; solo que estés conmigo y eso será suficiente. Que yo esté contigo. Llorar por la incertidumbre que dejaste y por los recuerdos en rojo vivo. TÚ, chico de lunares y sonrisa de 22 años. Los recuerdos son los que duelen más. Mi amor… Ya no eres mi amor. Te fuiste y está bien. Solo no vuelvas, por favor. No vuelvas con ninguna forma de dulzura, no vuelvas a hacerme creer algo diferente de lo que me hiciste creer estos últimos meses. No vuelvas y permaneceremos estables. Ahora esto es lo estable. No más tambaleos, no hay necesidad de eso. Ya no te imagino a futuro porque… ¿De qué realidad puedo formar los sueños? No hay base. Me parece que lo estoy manejando bien… No, no vengas otra vez. No quiero más recuerdos.

 

Unos cuantos días atrás.